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China como Estado-Civilización y sus Fundamentos

Foto del escritor: Carlos Fernando Rodriguez
Carlos Fernando Rodriguez
13 oct
8 min de lectura
Museo de Arte de Shanghai
Museo de Arte de Shanghai

Por Carlos Fernando Rodríguez

Magíster en Estudios Políticos y Licenciado en Ciencias Sociales

Profesor catedrático en el Programa de Historia y Geografía de la Universidad de Caldas

Miembro de la Red Colombiana de Relaciones Internacionales (RedIntercol)


Extracto de la intervención en el IV Congreso Latinoamericano de Estudios Chinos

Universidad Nacional de la Plata, Argentina


En abril de 2025 Víctor Gao, vicepresidente del Centro para China y la Globalización, en respuesta a la política comercial y a la estrategia de presión arancelaria ejercida por el segundo gobierno de Donald Trump, especialmente -aunque no exclusivamente- enfocada en China, declaró en medios internacionales que:


“Desde la perspectiva china, miramos cada episodio particular en el contexto de nuestra continua, ininterrumpida historia de cinco mil años. En ese marco los Estados Unidos son muy importantes hoy, pero no serán siempre tan importantes en nuestro horizonte de tiempo. Necesitamos ser muy objetivos, y si Estados Unidos quiere acosar a China y encerrarse a sí mismo por fuera del más grande mercado del mundo, entonces en China necesitaremos lidiar con esa situación sin Estados Unidos. Estoy muy seguro de que China continuará sobreviviendo por los siguientes cinco mil años” (Gao, 2025).


Con esta afirmación Gao puso de manifiesto una perspectiva que moldea tanto la política interna como externa de la República Popular China, a decir, de que ese país es más que un Estado influyente, la segunda economía más grande a nivel global. China es, ante todo, una civilización milenaria.


Otras civilizaciones como la occidental, islámica o india también poseen un carácter milenario, sin embargo, la particularidad de la china es su extraordinaria continuidad histórica, territorial y cultural. Pero también podría decirse que política, si se tiene en cuenta que, más allá de los cambios dinásticos en la época imperial o de la transición a la modernidad a través del republicanismo y el socialismo, lo que se mantiene es la presencia de un entramado estatal que se concibe como centro y garante de su preservación civilizatoria. En 2012 el politólogo chino Zhang Wei-Wei publicó su obra insignia “La Ola China: El Ascenso de un Estado Civilización”. Este trabajo sentó las bases conceptuales y popularizó la idea de que una civilización puede desarrollar una formación política que la contenga y represente en su totalidad material y esencial. De allí en adelante otros países como Rusia, India, Turquía o Irán han adoptado esta perspectiva y la han puesto en el centro de sus narrativas identitarias, tanto en política nacional como internacional.


Para comprender lo novedoso del concepto de Estado-civilización es necesario contrastarlo con aquella formación histórico-política que ha modelado el moderno orden global, esto es, el Estado-nación. Lo que entendemos y experimentamos como el Estado moderno es, sobre todo, una construcción eminentemente occidental y eurocéntrica, desarrollada a través de hitos históricos destacables, como el “tratado de westfalia”, las revoluciones gloriosa, estadounidense, francesa, latinoamericana, así como de una larga evolución del pensamiento político que se identifica en pensadores como Hobbes, Rosseau, Montesquieu, Kant, Bodin, Locke, Stuart-Mill, Bentham, entre muchos otros. Este Estado, al menos desde el enfoque de la teoría liberal, tiene como fundamentos el secularismo político, los derechos humanos, el individualismo, el capitalismo, la soberanía popular, las modernas libertades civiles y culturales, así como la democracia multipartidista (Mignolo, 2025).


Sin embargo, a pesar de las virtudes que occidente proclama e impone de este modelo, lo cierto es que también tiene profundas raíces racistas y discriminatorias. La nación moderna reemplazó la soberanía absoluta del monarca por la supremacía del ciudadano autónomo y racional, mientras que el concepto de civilización lo hizo con la noción de cristiandad occidental (Mignolo, 2025, p.99). Para Xian Suchen (2023) la moderna dicotomía de civilización y barbarie que ha sustentado la política exterior occidental se afirma sobre tres pilares: la ideología de la raza, la metafísica del colonialismo y el complejo de dependencia (Suchen en Huerta, 2025, p.349). De tal forma, la nacionalidad se identificó con lo étnico-racial y con la supuesta supremacía de la blanquitud y lo civilizado con el progreso técnico-científico. Desde este sustrato epistemológico, las potencias occidentales sustentaron sus empresas coloniales sobre el mundo, alegando las bondades de su misión civilizadora, frente a unos pueblos considerados como bárbaros, atrasados o subdesarrollados, necesitados del liderazgo europeo y norteamericano.


Lamentablemente, esta ideología fue aceptada y reproducida por los pueblos colonizados en sus procesos de desarrollo nacional. China no fue la excepción. Desde las Guerras del Opio los modernos reformadores republicanos, nacionalistas o comunistas vieron en las viejas tradiciones culturales y políticas el lastre que había suscitado la subordinación frente a las potencias occidentales. Así, el derrocamiento de la dinastía Qing en 1911-1912 devino en el intento modernizador de los republicanos, liderados por Sun Yat-Sen, de incorporar, infructuosamente, las instituciones occidentales. Desde aquel momento China atravesó más de cuatro décadas de conflictos internos e internacionales, como la “era de los señores de la tierra”, la guerra civil o la invasión japonesa. Por su parte, la República Popular China liderada por Mao Zedong, a través de la “Revolución Cultural”, buscó superar los rezagos históricos de la sociedad prerrevolucionaria tradicional o burguesa. Tal fue la campaña para “destruir a las cuatro viejas” (ideas, cultura, costumbres, hábitos) (Paredes, 2017).


La revaloración de la herencia histórica milenaria fue posible gracias a la Política de Reforma y Apertura promovida por Deng Xiaoping. Fue en este marco que se estableció la política de “Gran Rejuvenecimiento de la Nación China”, en particular, desde el Decimotercer Congreso del PCC en 1987 (Huerta, 2025, p.341). Una de las aristas centrales de este proceso de reconstrucción ideológico-cultural ha sido la rehabilitación de la filosofía confuciana. Desde su instauración como filosofía estatal en la época de la dinastía Han hasta la caída de la Qing en 1912, el confucianismo había establecido las pautas del buen gobierno y la armonía social. Su rehabilitación, no obstante, distingue dos grandes vías: el neo-confucianismo y el post-confucianismo. El primero, surgido durante la dinastía Song, promovió en tiempos modernos la adaptación de la filosofía confuciana a los valores occidentales, como los derechos humanos, la democracia y el universalismo (Huerta, 2025, p.347).


Por otro lado, el post-confucianismo plantea un diálogo -que no adaptación- con la filosofía occidental, especialmente con la teoría crítica y el posmodernismo. Este enfoque contemporáneo es fundamentalmente pragmático, rechazando toda lectura dogmática y toda definición esencialista, respetando por ello la pluralidad de interpretaciones. Desde esta base epistemológica el post-confucianismo recupera lo que ha sido un baluarte de la tradición china y es la apertura cosmopolita hacia otros pueblos y culturas. En efecto, su diversidad cultural es sustentada, en términos de Xiang Suchen (2023), desde una visión holística, no-racial y procesual de la alteridad (Huerta, 2025, p.351). La recuperación de la filosofía confuciana está marcando la seña de identidad nacional en tiempos de globalización, así como el núcleo axiomático y narrativo de la política exterior china. La promoción de una “comunidad de destino compartido”, la diplomacia “ganar-ganar”, el respeto a los sistemas políticos, el beneficio mutuo, la conectividad, la cooperación y la interdependencia, distinguen su vocación multilateralista y multipolar, en contraste con el unilateralismo y la política de bloques de la diplomacia occidental.


Teniendo en cuenta todo esto ¿Qué es entonces el Estado-civilización? Zhang Wei-Wei lo define en ocho características fundantes, o en sus palabras, “los cuatro supers y los cuatro únicos”:


 1) Población súper grande, con alrededor de un quinto de la población mundial. Una ventaja capitalizada a través de la educación como principal activo, del progreso industrial, el desarrollo tecnológico, y un enorme mercado de consumo e inversión.


2) Territorio súper vasto, hace de China un continente en sí mismo, producto de la amalgama histórica de “cientos de Estados”. Esta característica provee al país de una clara ventaja geopolítica y geoeconómica, reforzada con un “Estado fuerte y una poderosa capacidad de defensa” (p.55). En las últimas décadas ha fortalecido su capacidad de influencia regional e interregional a través de magníficos proyectos de infraestructura de conectividad y acuerdos de desarrollo compartido.


3) Tradiciones súper largas, con una extraordinaria capacidad de adaptación y evolución que le ha permitido mantenerse como una civilización milenaria. Se trata de un valioso legado de sabiduría antigua, cuya naturaleza holística le diferencia radicalmente de la tradición occidental, pero que se ha sabido combinar con ésta para alcanzar altos logros en medicina, filosofía, ciencia, economía y tecnología.


4) Cultura súper rica, que, en sus palabras, constituye una de las herencias más ricas en el mundo, producto de la sinergia cultural de cientos de Estados. Se reconocen 56 etnias, de las cuales las han, hui y manchú hablan mandarín, mientras que las 53 restantes utilizan sus propias lenguas. Además. China acoge una gran pluralidad confesional, gracias a la cual coexisten budismo, taoísmo, catolicismo, protestantismo e islamismo.


5) Lenguaje único, que no sólo es antiguo, sino que se mantiene vital. “Los caracteres chinos evolucionaron durante la dinastía Shang alrededor del siglo 16 a.C” (p.58), precediendo a la escritura griega clásica o al latín, en varias centurias. Es un lenguaje complejo, que sin embargo se mantiene y adapta, y es la fuente viva de su sabiduría moral.


6) Política única, que sostiene una estructura estatal y de gobernanza particular, arraigada en sus propios principios milenarios y filosofía política antigua. El sistema chino beneficia la soberanía, el bienestar popular, la armonía social y la eficiencia. La legitimidad del Estado no se deriva de procedimientos democrático-liberales importados, sino de preservar “el mandato del cielo”, esto es, el deber de proteger al pueblo, “conquistando los corazones y las mentes” (p.61). Su sistema es profundamente meritocrático, entendido esto como la vocación y la experiencia en servir al pueblo.


7) Sociedad única, sustentada en firmes valores como la piedad filial, la solidaridad comunitaria, la devoción nacional y el sacrificio personal por el bien común.


8) Economía única, definida por Wei-Wei no tanto como un “socialismo de mercado” o “capitalismo de Estado”, sino como una “economía humanocentrista” (p.67). China demuestra que se puede llegar a ser la segunda superpotencia económica global si se mejoran los estándares de vida y la estabilidad nacional, por encima de la búsqueda de ganancias.


La categoría de civilización ya ha estado presente en los distintas ideologías y proyectos políticos occidentales desde los siglos XVIII y XIX. Aunarla a la categoría de Estado y convertirla en una realidad geopolítica operativa en un contexto no occidental, es la gran novedad en la apuesta de China por transformar el orden internacional en el siglo XXI. Se trata de la forma más excelsa y depurada de la “Gran Política” con auténtico sentido histórico ¿Será está quizá la postergada revancha de aquella criticada obra de Samuel Huntigton y su predicción del “choque de civilizaciones”? Por el momento, más que choque, la diplomacia china apuesta por un enfoque negociante, asertivo y de beneficio mutuo (win-win), bajo la visión de una “comunidad de futuro compartido”, una globalización de características chinas.


Concluyendo, dos son los principales efectos reconocibles que China persigue con la idea del Estado-civilización: primero, construir una narrativa identitaria de revigorización nacional diametralmente opuesta al “siglo de la humillación”, a partir de una arraigada conciencia histórica y una robusta identidad nacional. Segundo, recuperar su posición internacional como gran potencia mundial, tal como lo fue antaño. En esencia, volver a ser aquel “reino del medio”, en tanto que gran civilización ubicada en el centro de la influencia internacional. El modelo del Estado-civilización plantea un nuevo diseño y una posible superación del viejo sistema internacional westfaliano-onusiano. Uno caracterizado por los llamados “grandes espacios” continentales, por la multipolaridad geopolítica y la descolonización como apuesta de un orden mundial justo.


Referencias

Magaña Huerta, P. (2025). El postconfucianismo de la política exterior de China. En Confucianismo y desarrollo: El resurgimiento de China y Asia del Este (cap. 13). Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Jurídicas. https://doi.org/10.22201/iij.9786076420096e.2025.c13

Middle East Eye. (2025, 22 de mayo). ‘China will continue to survive for the coming 5000 years’ | Victor Gao | UNAPOLOGETIC https://www.youtube.com/watch?v=ljC7lkhxT6A.

Mignolo, W. D. (2025, 19 de junio). El ocaso del Estado-nación y el amanecer del Estado-civilización. Bordes, 10(37) 95-107. http://revistabordes.com.ar.

Ríos Paredes, X. (2011). China: poder y civilización en el siglo XXI. Cuadernos de estrategia, (151), 47-79. https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/3836382.pdf.

Ríos, X. (2017). Neo-tradicionalismo, pensamiento y discurso en Xi Jinping. Sobre Ontens, 2. ISSN 2176-1876.

Rosales, O. (2020). El sueño chino: Cómo se ve China a sí misma y cómo nos vemos nosotros frente a su poder. Siglo XXI Editores Argentina; Comisión Económica para América Latina y el Caribe.

Zhang, W.-W. (2012). The China wave: Rise of a civilizational state. World Century Publishing Corporation.

 

 
 

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